jueves, 17 de septiembre de 2015

Poesía de Vanguardia.



PaSaNdO a AlGo CoMpLeTaMeNtE dIfErEnTe


La gata negra mira con sus ojos
Las bocinas de la calle Triunvirato
Mientras los colectivos dejan a la gente parada
Que espera con ansias la llegada de la luz del sol
Encerrada dentro de los edificios que solo sombra dan
Esta acompaña, disgustada, a los canarios en su canto
Las aves hablan de la melancolía con que muchos se despiertan
Entre ellos se encuentran los niños predestinados
A vestirse igual desde los 2 años hasta la universidad
Mientras los ancianos del lugar
Se quejan de lo que no pueden controlar

Amanece cerca Triunvirato
Donde reina la oscuridad,
Solo hasta la pizzería,
La cual nos muestra la renombrada calle
La única que da luz a la vida de los colectiveros
Que tratan de no pizar a la gata negra que mira bocinas.

Sofi Merani.

Viajes fantásticos



Viaje a los mil y un Belgranos
(es un cuento sobre disparates de un viaje de pura fantasía)

Mientras caminaba para la casa de mi abuela (que queda en el barrio de Belgrano) me puse a pensar en el recorrido: Debía tomarme  el 80 hasta  ---, seguir derecho mientras cruzo 3 semáforos en rojo con mucho cuidado de que ninguno de los vecinos psicópatas me pisen. Después debo doblar para la izquierda y pasarme por el coto, tengo comprar 1 paquete de pan, 2 de galletitas y 5 de licuadoras. También me pidieron retirar las milanesas con papas fritas del restaurante favorito de portero. Si para esa etapa esto muy cansada llamo a mi tio para que me preste  su tortuga voladora gigante, que aunque paresca muy disparatado, funciona.  Pero también  me combiene el subte, es muy seguro que para esta época del año (por la bajas temperaturas) no alla muchos de esos apestosos gusanos que suelen estar a bordo de estos trenes. El único problema es que me deja a unas 10, 3529 cuadras de distancia  en las que me puede comer algún tigre o águila arpía que este al acecho. Pero devo tener fe en que las jirafas rojas los pisen antes de llegar a destino. Sin embargo tengo que cuidarme de los meteoritos que en cualquier momento pueden darle al Apolo 11 antes de que llegue a la Luna e incineren la batería de mi celular justo cuando estoy escuchando mi cansion favorita. En  ese momento  todo se detendría y no podría llear a la puerta del edificio para poder discutir con el portero si la plata de la comida me la devuelve en dólar blue o en yenes (moneda que se utiliza en Japon, la Antartida y Pluto) tampoco podría alcanzar la puerta del departamento e intentar abrirla con algunas de las licuadoras que compre; ni mucho menos tendría la minima oportunidadde contarle a mi abuela, que en los 20 minutos de viaje en colectivo (que terminan en la parda que esta frente a la puerta del edificio) invente un cuento tirado de los pelos.

Sofi Merani.

De espejos y reflejos

Mi juego en el espejo
A las 12:30 del mediodía, salía de la escuela, a veces era aburrida, a veces era divertida; mi mamá me venía a buscar después de trabajar, casi siempre con algo para comer (chocolates, confites, caramelos, paragüitas, etc…), casi siempre era algo con chocolate (mi inmortal adicción).
Cuando llegábamos a la casa nos lanzábamos a la mesa. A eso de las 2 mi mama se iba a dormir, a veces dormíamos juntas, otras, me tiraba en la cama y esperaba la hora de la peli (que, en aquellos tiempos, podía empezar desde las 2:30 hasta las 4, y terminar, desde las 4 hasta la 6; era un gran complejo de horarios el mío), pero de vez en cuando, mi mamu se quedaba profundamente dormida, tiempo que yo aprovechaba para deslizarme entre las frazadas, cerrar la puerta y, caminando por el pasillo, me dirigía lentamente hacia el espejo.
Solía jugar largas horas en frente de él (aún era hija única, no había mucho para hacer) como si dentro del cristal habitaran toda clase de criaturas, de esas que solo se ven apagando la luz y mirando tu propia sombra. A veces era conductora de un canal de tv, otras, una reina de
un maravilloso reino y, de vez en cuando, un hada capaz de volar más allá de mi balcón. Era entrar y salir del espejo, entrar y salir de mi mente.
Sin embargo todo lo irreal debe caminar por un pasillo, abrir una puerta, meterse por debajo de las sabanas y hacer como que no paso nada.

Sofi Merani

De espejos y reflejos



Para arrancar,  leamos un pequeño fragmento de Alicia a través del espejo  de Lewis Carroll porque, si hay alguien en la literatura que sabe soñar y contar cómo es ese mundo de reflejos, es Alicia.
“Ahora, si me escuchas atentamente, Kitty, te contaré todo lo que sé acerca de la casa del espejo. En primer lugar, está la habitación que puedes ver ver a través del cristal…, que es exactamente como nuestra sala, aunque las cosas están puestas justamente al revés. Alcanzo a ver toda la habitación del otro lado, cuando me subo a una silla…; todo, salvo el pequeño espacio que hay detrás de la chimenea. ¡Oh, cómo me gustaría enormemente saber si ellos tienen fuego en el hogar durante el invierno. (…) Bueno, por otra parte, los libros son casi iguales a los nuestros pero las palabras están puestas exactamente al revés. (…) ¡Oh, Kitty! Qué hermoso sería poder dar un paseo por la casa que hay al otro lado del espejo!”

Ahora es tu turno de imaginar: con el espejito en mano recorré el patio/biblioteca/ pasillo hasta que encuentres un lugar que te guste. Miralo a través del espejo y pensá cómo sería el mundo de ese lado. ¿Qué se ve diferente? ¿Cómo entra la luz allí? ¿Se seguirán las mismas reglas que acá?
Una vez que lo tengas visualizado y en la cabeza, agarrá el pincel, mojalo en el agua y con las acuarelas pintá ese espacio PERO con la “óptica del mundo del espejo”, es decir, no como lo ves desde acá sino como lo verías allí.

Por último, en casa, imaginá que lograste entrar y comenzaste a recorrerlo. Escribí un pequeño relato de tus aventuras de ese lado.
Acá te cuento cómo fue que Alicia lo logró:
“Vamos a suponer Kitty que hay algún modo de atravesar el espejo y penetrar allí. Vamos a suponer que el cristal se ha tornado tan suave como una gasa y que podemos atravesarlo. Pero… te digo que se está convirtiendo en una especie de neblina. Ahora resultará muy fácil pasar al otro lado….
(…)
Al siguiente momento, Alicia había saltado al otro lado y se encontraba en la sala de la casa del espejo. “

Zoología fantástica.

Trabajo en un lugar donde se hacen experimentos con animales, en realidad solo se hace pruebas con maquillaje, aunque a mi me encanta mezclar los ADN, buenos más bien me encantaría por que no puedo hacerlo esta prohibido ( son unos aburridos ).
Un día sin querer se me cayeron dos tipos de ADN, me agarro un ataque de pánico no sabia que hacer como iban a reaccionar las personas , mis jefes ( o por dios moriré si se enteran ) cuando vi las etiquetas de los frascos que decían pato y gato pensé que ni iba a pasar nada, total solo era una parte de los elementos que tiene el cuerpo, pero al darme vuelta me encontré con para mi la cosa mas tierna del mundo jamas creada era tan lindo como un gatito y a la ves con un pico tan duro como el de un pato me enamore al instante, el único problema es que le iban a querer hacer lago si lo encontraban entonces agarre una de las jaulas que había en el lugar y lo guarde.
Cuando llegue a mi casa lo saque le di todo lo que necesitaba y después nos fuimos a dormir.
Esa es la historia de como conseguí a mi mascota PATO-GATO.


Cami Acevedo.

La imagen y la palabra: crear historias a partir de fotos.

Hace ya mucho años existía un pueblo desconocido por todos, menos por sus habitantes. Era un pueblo tan pequeño y remoto, que sus pocos habitantes ni siquiera se habían molestado en nombrarlo. Sin embargo, una pequeña y adorable niña, lo había llamado “ El país de las maravillas”, pues todo ante sus inocentes ojos parecía maravilloso, aun cuando, honestamente, no lo era.
La imaginación de Celestia fue alimentada durante toda su niñez por sus padres. Por un lado, su padre Damián, que trabajaba largas jornadas en un taller como zapatero para poder aportar algo de dinero a su familia, que no se encontraba en las mejores condiciones económicas; y por el otro su madre, quien años atrás, tras un fatídico accidente quedó inmovilizada de la cintura para abajo.
La vida de Aurora se dividía entre la cama y una silla de madera ubicada al lado de la ventana, dónde con ayuda de su marido era ubicada todas las tardes al lado de sus ovillos de lana, su aguja e hilo.
En frente del taller de Damián, existía una librería con muy pocos y codiciados ejemplares. En la vitrina se exponía un libro de tapas color carmín, con letras doradas y una corona en el centro. Celestia solía detenerse ahí todas las tardes y lo contemplaba durante algunas horas, mientras esperaba que algunos de sus amigos se levantaran para poder jugar o esperaba a que su padre termine su jornada de trabajo y salga del taller. Le habían enseñado que desear estaba mal, pero aún así ella no podía evitar desear tener ese maravilloso libro en sus manos, aún cuando no sabía siquiera leer.
Su padre la observaba a veces, desde la ventana de su taller mirando embobada la vitrina a sus siete años y, junto con Aurora decidieron hacer algunos recortes para, luego de tres años, tener suficiente dinero para poder comprárselo.
El pequeño sacrificio valió la pena al ver la carita de felicidad de Celestia, que aferró el libro entre sus brazos y se encerró horas y horas de cada día en su cuarto a observar con adoración las imágenes de bellas mujeres con muchas joyas y vestidos preciosos y a esos hombres con trajes tan elegantes y una gran corona dorada en su cabeza.
Celestia solía mostrarles a sus padres las imágenes y chillar de alegría cada vez que se sentaban en la mesa a comer sopa y su madre comentaba el bello vestido de alguna vecina que veía por la ventana.
Como se avecinaban tiempos difíciles y de escasez, Aurora tuvo que transformar su pasatiempo en un trabajo, ya no tejía, cosía y bordaba por diversión, sino para los demás. Abrió un pequeño negocio independiente donde remendaba prendas para sus vecinos o creaba pantalones, camisas o algún simple vestido de verano. Con el tiempo, su técnica fue aumentando y se volvió tan buena que una noche de insomnio, le pidió a su marido que la llevase a la silla y agarrara el libro rojo del cuarto de su hija. Al día siguiente, Celestia despertó con un vestido nuevo, igual al que reflejaba una de las ilustraciones de su libro.
Pero la verdadera historia comienza acá, cuando una tarde de otoño la alegre muchacha de ya doce años iba a la panadería buscar pan para la cena, como todos los días, y se topó con la presencia de un extraño muchacho, de aproximadamente su edad, sentado en una esquina arriba de una manta azul y algo raída. Tenía la mirada perdida mientras abrazaba su propio cuerpo y un mechón de cabello color oscuro escapaba de su gorro de lana color bordo y caía sobre su ojo izquierdo. Se veía descuidado y algo hambriento, concentrado en quien sabe qué cosa. Ni siquiera noto a Celestia, que al pasar a su lado pauso su alegre canto y torció sus labios en una mueca de pena.
Al volver, cargada con una bolsa de pan en la mano saltando por el camino, perdida en su propio mundo, volvió a verlo. Esta vez su mirada reflejaba tristeza para mientras miraba un punto fijo en la otra cuadra, como si fuese de piedra, casi sin pestañear. Ella se detuvo y, sin pensarlo, sacó uno de los tres panes de su bolsa. Se acercó hasta estar a unos pocos centímetros y sin palabras que estorbasen extendió la mano.
El chico levantó la vista desenfocada y la vio, confundido y desconfiado. Luego de eso, volvió a bajar la mirada.
Celestia se agachó hasta estar a su altura y depósito el pan recién hecho sobre la manta azul. Se levantó y se despidió con una sonrisa de aquel desconocido. Sabía que lamentaría un poco su gesto a la hora de la cena, pero por un extraño motivo se sentía feliz. Siguió cantando e imaginando hasta que llegó a su humilde casa. Explicó el pan faltante a su madre alegando que se lo había comido en el camino. Corrió a su cuarto, se puso su ya algo viejo vestido y abrió el libro, como todas las tardes, pasando las páginas con letras que ya se había memorizado y saltando directamente a las imágenes. Esa tarde las observo atentamente, como si no se supiera cada detalle de memoria.
Celestia continuó dándole uno de sus tres panes al desconocido en la esquina, que cada día se veía un poco más miserable y desnutrido.
Al quinto día, el muchacho le devolvió la sonrisa. Tres días después logró articular un gracias, su voz salió algo rasposa y sincera.
Sin saber muy bien porqué, Celestia fue juntando durante una semana las pocas sobras de sus cenas. A la misma hora de siempre, salió para comprar el pan, pero antes de salir guardo en una bandejita de plástico la comida y agarró del pozo de agua del patio una botellita llena de agua.
Para darle una sorpresa, evito pasar por delante suyo en el viaje de ida, y ya con la bolsa de panes en una mano y la bandeja en la otra, pasó por la ya tan familiar esquina.
El muchacho levantó la mirada y la vio. Ella se agacho y como todas las tardes sacó uno de sus tres panes de la bolsa, pero esta vez sin embargo apoyó también la bandeja y la botellita de agua. Estaba a punto de levantarse, sonreír e irse, como siempre, pero un ruido captó su atención. El pelinegro se había corrido, dejándole un lugar en su vieja manta, invitándola sin palabras a sentarse a su lado.
Con algo de miedo y mucho cuidado Celestia se sentó a sobre la gastada manta color océano y ambos se quedaron en silencio durante algunos minutos, la bandeja, el pan y el agua frente a ellos.

Melu Suffiotti