jueves, 17 de septiembre de 2015

Literatura e hipnosis



La calle estaba desierta. Después de un día completamente nublado, la noche no se presentaba muy agradable.
El frío, congelaba el asfalto lentamente, produciendo un entumecimiento de pies con cada paso que daba, mientras los guiaba por aquel sendero oscuro y desolado.
No era miedo. Tal vez era la inquietud de sentirme tan sola en un espacio tan grande, pero no era miedo. No era mideo, no era miedo. En medio de mis pensamientos, éstos quedaron cegados por una luz que de repente, comenzó a alimentar a mis ojos, ayudándome a seguir en pie.
Un pequeño sonido se interpuso ante mi. Entró por mis oídos, llegando a la parte mas profunda de mi subconsciente. "Tic, toc" resonó dentro de mi cabeza. "Tic, toc". Era incesante e irregular, pero no se detenía. Me aturdía cada vez más.
Detuve mi piernas por un momento. Todo quedó en silencio. Ya había logrado recuperar la calma que aquella molestia me había arrebatado. El golpe que producían las suelas de mis zapatos chocando con el piso también había desaparecido, dejandole un único lugar a mi agitada y jadeante respiración. Mi corazón comenzaba a acelerarse poco a poco. El pequeño ruido, molesto e insoportable, volvió a interrumpir la paz del ambiente. "Tic, toc", se hizo notar nuevamente. Miré hacia ambos lados, pero como ya había especulado algunos metros atrás, no se encontraba nadie cerca de mi. 
En un acto por no perder el poco equilibrio que me quedaba, una sombra, espantandome, causó que me tropezara y mi mano chocó con un pequeño fierro oxidado y comenzó a sangrar y no supe cómo detenerlo. Estaba desesperada, pero en un estado deprorable que no me permitía  reaccionar, ni siquera al dolor.
Me había dado por vencida, mi mano iba dejando un recorrido de gotas en el suelo, mi espalda se hallaba completamente encorvada, y mis pasos eran lentos. No quería seguir intentándolo, creí que esperar a que algo pasara sería lo mejor. Y así pasó.
"Tic, toc"
Me había tomado desprevenida.
 "Tic, toc"
 Comencé a sentir los ojos cada vez más y más pesados, encontrándolos un obstáculo para continuar. 
Caí.
Lo último que recuerdo es no haberme levantado. Tampoco había intentado hacerlo. 


"Ayer, a altas horas de la madrugada, habrían encontrado un rastro de sangre, que conducía a un pequeño charco de ésta misma. No hay noticias respecto al cuerpo de la victima. En la escena, solo se han encontrado un pequeño reloj de bolsillo, y una nota que deja leer con facilidad 'Gracias por el regalo'. Continúan las investigaciones."

Dolores García.

Literatura e hipnosis

QUIEN ESTABA AL MANDO

Londres, 1884.

El whisky colmaba el vaso de Guilliam Johansen. El obeso burgués lo blandía altivo debajo del coche, mientras ofrecía la restante de sus gruesas pero delicadas manos a la señorita Flecher. La mujer, con recelosa aprensión, respondió el gesto con delicadeza, y se posó sobre el suelo de tierra con la misma ceremoniosa elegancia con la que, metódicamente, le sonreía a su pretendiente que tan solícito se había mostrado al enseñarle la fábrica. El sol del mediodía sacaba lustre de su maquillaje, algo desaliñado, y ella se protegió desplegando una sombrilla sobre su coronilla trenzada.
—Agnes, querida ¿Te resultó tedioso el viaje? —preguntó Johansen, esgrimiendo una preocupada atención que, sin embargo, velaba un dejo irritado—. Es realmente horrible el camino, con toda la miseria de por medio. No tendrías que haber venido. ¡No hay nada digno de ver acá!
—¿Porqué te preocupás? ¿Ya llegé, no? El viaje fue horrible, sí. Ese estúpido cochero no paraba de buscar cada pozo que dios puso en el mundo para arruinarme el rouge.
En efecto, el rojo intenso de sus labios se excedía de las fronteras que la naturaleza había trazado para delimitar su boca del resto del rostro. El hombre asido al pescante sobre el coche, interpelado, se volvió hacia la pareja con una mirada fulminante.
—Insolente —sentenció Johansen, y chasqueó los dedos. El famélico anciano se irguió al acto, mirada al frente, y azuzó a los caballos—. Bestia ingrata.
La mujer sonrió al ver el polvo que levantaba la carrocería al marcharse.
—Justamente quería verte en acción —le dijo al burgués—. En tu trono. Quería ver como funcionan las cosas acá, como las hacés funcionar.
Guilliam hinchó el pecho. Casi se alegró de tener a su mujer en la fábrica. Por primera vez, podría dejar correr los impulsos de representar para la dama el papel de macho alfa de aquella manada, podría regocijare ante la mirada de Agnes del respeto que imponía en todos los demás hombres. Fantasía que aprobaba de algún modo al clasificarla como una extraña necesidad evolutiva luego de que El origen de las especies hubiera llegado a sus manos. Pero cumplir aquella fantasía conllevaba un riesgo. El acaudalado burgués temía exponerse demasiado. Porque, después de todo, no sólo usaba el látigo del sueldo para imponer aquel respeto incólume. El otro látigo no sería aceptado por la sociedad londinense. Su reputación, de conocerse esta nueva metodología, estaría teñida del odio que, seguramente, provendría del movimiento abolicionista, que hacía pocos años había acabado con la esclavitud en Inglaterra. Y Agnes, como toda señora respetable, había comulgado en varios clubes de beneficencia que, entre muchas otras causas de moda, habían acogido la bandera abolicionista como propia. No podía confiar en que ella no lo denunciaría ante las autoridades, ni que, mucho menos, siguiera a su lado si se enterara de todo. Tendría que andar con cuidado.
Le sonrió a Agnes y, con una mano alrededor de su cintura, la guió por el camino de grava bajo la frescura de su sombrilla hasta el imponente edificio que desperdigaba una humareda por las grandes chimeneas industriales. Decidió retomar la conversación.
—Son tiempos complicados —dijo, a mitad del camino—. Mi padre y su padre seguro no tenían tantos inconvenientes... Con este maldito marxismo, las huelgas casi nos dejan en quiebra. El pasado año se detuvo la producción de textiles tres veces en ocho meses.
Agnes, divertida, jugueteaba haciendo girar la pestaña de su sombrilla.
—Pero pudiste resolver todo. De lo contrario, no nos hubiéramos permitido la casa de campo, o aquella cámara fotográfica.
—Sí, encontré la forma de encauzar el ánimo de los muchachos en el camino correcto. Las tasas de producción de este año son vertiginosas. Y si seguimos en la racha, en pocos meses más voy a poder renovar toda la maquinaria.
—Siempre me gustó el abedul —comentó Agnes, aludiendo al blanquecino y endeble tronco que crecía desde hacía unos años en el patio de la fábrica.
—¿Alguna vez habías visto ese árbol?
La mujer sonrió y le revolvió un poco el pelo.
—Hablo de la especie, Guilliam. ¿Cómo pude haberlo visto antes si nunca quisiste que viniera? —Agnes carraspeó, el verano había reavivado su característica alergia.
En vez de responder, Johansen afirmó convencido y se desembarazó de ella ante el enorme portón de hierro y corrió el picaporte.
—Adelante...
El vestíbulo era una sala espaciosa rodeada de paredes ladrilladas. Si bien los ventanales frontales iluminaban bastante el interior, las pupilas de ambos debieron hacer un esfuerzo por contraerse y aprovechar con mayor eficacia la menor cantidad de luz que recibían. Un fogonero, sucio hasta los tobillos de hollín, hundido en un pantano de carbón, aferrando una pala, se dio vuelta cuando vio entrar a la pareja. Detrás de él se abría en la pared la boca de una crepitante chimenea.
—Buenos días jefazos.
—¿Cómo dijiste? —Preguntó Guilliam, no tan desconcertado por la cínica descortesía como por la pluralidad del saludo—. ¿Qué significa este chiquero?
El hombre miró el fango de carbón que se abría bajo sus pies.
—La carretilla está rota. Vacié las bolsas de carbón en el suelo para tenerlo más a mano.
—¿Y quién va a limpiar todo esto? —preguntó. Sin embargo, era una pregunta retórica, porque en seguida contestó:— Usted, ya mismo.
—Pero señor, si saco el carbón, más adelante voy a tener que traerlo. Si primero lo uso, sólo voy a tener que pasar una barrida cuando termine la jornada.
—Tiene razón —dictaminó la mujer.
Guilliam rebullía de ira. No podía dejar que el bastardo socavara su autoridad junto a Agnes. Tampoco podía enderezarlo sin levantar sospechas, no con la mujer de testigo. Estaba en una encrucijada. A lo mejor, si lo hacía con disimulo, ella no se daría cuenta. Después de todo, ya había recurrido al método hacía unos pocos minutos, y Agnes no había mostrado un ápice de comprensión.
—De ninguna manera. Es mi fábrica y deseo que se mantenga en condiciones dignas. Use las bolsas vacías y junte todo este desastre. De inmediato —subrayó la orden chasqueando los dedos mientras pronunciaba la sílaba tónica de la última palabra. El fogonero perdió todo interés en discutir y pasó mecánicamente a recolectar con su pala los carbones desparramados por el suelo.
Guilliam le ofreció el antebrazo a su mujer, y se internaron por la puerta siguiente. El fuego de la chimenea del vestíbulo calentaba una caldera de vapor (del segundo piso), que a su vez accionaba al volante de transmisión que proveía el movimiento a los numerosos telares mecánicos del taller principal del edificio, donde la pareja acaba de entrar.
Estaban de turno siete mujeres manipulando las máquinas. El algodón entraba como materia prima arrastrado por un grupo de hombres, que cargaban a su salida rollos de tela que iban a parar al almacén, en la planta alta, junto a las calderas.
Agnes caminaba con la vista perdida al frente, su curiosidad se había extinto en el vestíbulo. Guilliam oyó su silencio y pensó por un momento si no se le había ido la mano. Tal vez incluso ya sospechaba algo. Imposible, solamente estaba en desacuerdo con la orden que le había dado al hombre, tal vez pensaba que había sido cruel con él. Pero la miró, y, si bien algo enajenada, sonreía. Guilliam hizo lo mismo. Después de todo, era exactamente lo que había presagiado en sus fantasías, ella estaba cada vez más impresionada ante su propio puño de hierro, que comandaba con el mismo éxito su industria algodonera que con el cuál, seguramente, dirigiría su futura familia...
Absorto en sus elucubraciones, de camino al fondo del taller, hacia su despacho, no vio el accidente. Sólo escuchó el crujido metálico. Uno de los telares se había atascado. A cargo de la máquina estaba una mujer joven, con cara de preocupación. Guilliam se acercó con paso decidido.
—¡Tenga más cuidado, niña! Escuchen todas: cada vez que se atore el hilado, perdemos la producción de un telar por media hora. Se descontará el monto que eso supone de sus sueldos.
La mujer lo miró preocupada. El resto se amontonó en torno a Guilliam, a los gritos. El empresario se inquietó. ¿Cuántos problemas tendría? La paciencia ya se le había agotado. No permitió que la discusión se extendiese y chasqueó los dedos. Todas volvieron a sus puestos, olvidando el reclamo, sin demostrar rencor.
Guilliam sonrió y se volvió hacia Agnes. La sonrisa se le borró de la cara. Ella había visto todo. Había visto como doblegaba la voluntad de sus empleadas sin siquiera abrir la boca. El ademán del chasquido, lejos de aparentar ser un simple suplemento de su expresión, ahora quedaba expuesto como el principal arma sugestiva. Ella lo miraba a los ojos, con el semblante serio e inexpresivo.
Sin una muestra del protocolar trato amoroso que le había brindado hasta entonces, la sujetó de los hombros y la condujo hacia su despacho.
—Tenemos que hablar.
Agnes se encontró sujetada a una silla mullida, con las manos atadas tras el respaldo, detrás de la mesa de lustrosa madera del despacho de Johansen. Tenía la boca amordazada por su propio pañuelo aterciopelado. El empresario caminaba de un lado para otro, exhibiendo su incomodidad ante la nueva naturaleza de los acontecimientos.
—Perdón querida. Tenemos que esperar sólo un poco más. Ya llega.
Agnes alzó una ceja, forzando una mueca inquisidora.
—Un capataz nuevo. Empezó a fines del año pasado. En realidad, él fue quién me ayudó a resolver el problema de las huelgas. Cobra una fortuna, pero nadie más puede hacer lo que él hace.
El vaso de whisky estaba en el piso, vacío, se había estrellado durante el forcejeo preliminar. En su lugar, Guilliam portaba un habano entre su índice y su anular. Exhaló una bocanada de humo, y miró de soslayo su reloj de pie.
—Representa un gasto importante, pero es efectivo. Ya comenzaba a temer, querida, que los bárbaros arrasaran los telares. Los malditos creen que las máquinas tienen la culpa. No iba a permitir que nos hundieran a todos, Agnes.
La aludida se retorció en su presidio.
—¿Recordás esa discusión que mantuvimos, cielo? En septiembre, cuando fuimos a ver el espectáculo de George Sykes. El hombre había logrado que todo espectador que se subiera a la tarima quedara totalmente a la merced de su voluntad. Era asombroso. Pero mis entrenados ojos emprendedores no podían asimilar que tal potencial se malgastara sobre un escenario, en medio de las épocas turbulentas en las que vivimos. Deseé participarte de mis proyectos esa misma noche, pero dejaste bien claro tu escepticismo antes de que pudiera decirte nada. Reprimí los impulsos de refregarte tu error en la cara por mucho tiempo.
«Lo contacté tres días después. Le expliqué como sería el trabajo y el hombre accedió. Rezongué un poco cuando escuché las limitaciones de su arte, y sobre todo cuando me extendió sus honorarios. Resulta que para lograr la sugestión total sobre cada trabajador, necesita realizar una sesión individual de media hora. Y eso no es todo, la sugestión tiende a debilitarse con el tiempo. El hombre es ingenioso, programó una señal que, al recibirla, cada mente misma se encarga de reforzarla. Lo exhorté a que utilizara este sonido —Guilliam chasqueó los dedos—. Por fin le encontré una utilidad a esta maldita manía mía. Nadie que me conozca vería nada extraño en cómo me comporto, y lo haría con la frecuencia necesaria incluso aunque me olvidara concienzudamente de hacerlo.
«Desde luego, ellos no reconocen la sugestión externa, así como tampoco rememoran esa media hora de sesión. Es un profesional, borra los mismos rastros de la intervención. Se acabaron las huelgas, las pujas salariales, el desacato. Le pago a este hombre cada mes con gusto, Agnes.
Alguien llamó a la puerta de la oficina.
—El capataz llegó. Muy oportuno, justamente le acabo de programar una sesión para hoy... Disculpame, Agnes, pero no espero que apruebes todo esto, te conozco. No pienso que me entiendas ahora, pero si puedo evitar que hables, o que recuerdes, nos estoy haciendo un favor a los dos.
Primer final
George Sykes se cruzó de brazos. Había colgado su galera en el perchero y se había colocado sus anteojos. El hombre tenía dos patillas victorianas y un débil cuero cabelludo en torno a su coronilla pelada. Ahora se inclinaba sobre la mujer.
—¿Problemas maritales?
—No, en realidad, nunca estuvimos mejor. Pero me vio, George, descubrió todo.
El hipnotista corrió la mesa, y colocó una silla de frente a la cautiva.
—¿Y ahora quiere que la restaure? —preguntó Sykes, mientras intercambiaba una mirada preocupada con Agnes.
—Sí, que olvide todo el día de hoy. Incluso si pudieras hacer que abandone sus intenciones de venir al galpón, te lo agradecería...
George se rascaba la barbilla.
—Hoy es primero, Guilliam, ¿Entonces deseás renovar el contrato?
—Por supuesto, hoy te necesito más que nunca —dicho esto, el empresario descorrió un grueso escritorio y dejó expuesta una pequeña compuerta en la pared. Extrajo un fajo considerable de billetes y volvió a colocar al mueble en su lugar.
—Muchas gracias —George recibió el dinero—. Como siempre, necesito que nos dejes solos unos minutos, Guilliam.
El empresario abandonó su despacho, como siempre lo hacía cuando se convertía en la sala operativa del hipnotista. Estrenando su privacidad, Geroge Sykes se masajeó el entrecejo.
Agnes lo miraba impaciente y sacudía su cabeza.
—¿Para qué viniste, mujer? —el hipnotista le desató el pañuelo, y tomó asiento frente a ella.
—No puedo confiar en el viejo idiota. Es un caprichoso y crédulo infante, en el cuerpo de un hombre poderoso. Necesito controlarlo de cerca.
El hipnotista sonrió.
—Para eso estoy yo. Ya nos arriesgamos bastante las otras veces, y ahora decidís venir con él. ¿En qué pensabas?
—Desde que lo conozco tengo bien claro que el hombre necesita que alguien vele por él y por las estupideces que perpetra. Tres años bajando salarios, y como resultado estallaron las huelgas y las tensiones. Y luego el imbécil quiere contratar un hipnotista. ¡Pero a mí no me hace caso! Yo nací en el seno de una familia de doctores. Sé muy bien que las sugestiones deben ser infundidas sobre un paciente predispuesto. Nadie puede esclavizar a nadie por medio de hipnotismo.
—Menos el gran Sykes.
Agnes sonrió, mientras Sykes desataba sus manos.
—Ni siquiera el gran Sykes. Pero no es necesario que seas un gran actor para convencer a Guilliam de lo contrario.
—Una lástima. El sueldo de un hipnotista —dijo, mirando el fajo de billetes— denigraría hasta el sueldo de un muy buen actor.
—Justamente —Agnes le separó unos pocos billetes—, vos cobrás como un actor mediocre.
La mujer se apropió de otra reducida cantidad y el resto lo dejó sobre la mesa.
—Encargate de la repartija.
La repartija era lo que en realidad hacía George con los empleados cuando Guilliam los dejaba solos en su oficina. Era un suplemento del sueldo, que apaleaba las mayores urgencias de los algodoneros, a cambio de que respetaran sencillas instrucciones: deberían recrear la máxima obediencia para con el burgués cuando este chasqueara los dedos. La mayoría reprimía una sonrisa pícara cada vez que el hombre paseaba por los pasillos del edificio creyendo ser dios, como un rey desnudo.
—Me alegra mucho, George, que hayas resultado un hombre noble. Cualquier otro embaucador habría robado el dinero que ofrecía Johansen y esta fábrica se hubiera terminado de hundir.
—También lo hubiera hecho si su esposa no resultara ser una benevolente manipuladora.
—¿No serás vos el benevolente maleable? Yo no hice más que sugerirte la idea antes de que Guilliam te contactara.
El repiqueteo de las maquinarias se reanudó. Al parecer, el telar defectuoso había sido refaccionado.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó el actor— La de las ideas sos vos.
Guilliam le daba las instrucciones al cochero mientras sostenía la cabeza de Agnes, que se sacudía por los bruscos saltos del chasis al andar. Pobre mujer, anestesiada y amnésica. Era una lástima que el día se hubiera consumido con tal desenlace, la visita había salido perfecta hasta ese traspié con las mujeres de los telares. Pero gracias a dios, George era un maestro, se había hecho cargo de Agnes con un profesionalismo impoluto. Se la había devuelto dormida, sólo tendría que llevarla hasta su casa y creería que se había despertado de una pequeña siesta vespertina. Ya tendría otras oportunidades para ostentar su bravura ante ella, para demostrar quién estaba al mando.
Segundo final
George Sykes ladeó la cabeza. Había colgado su galera en el perchero y se había colocado sus anteojos. El hombre tenía dos patillas victorianas y un débil cuero cabelludo en torno a su coronilla pelada. Ahora se inclinaba sobre la mujer.
—¿Qué forma es esa de tratar a una dama?
George miró con una expresión acusadora a Guilliam y el burgués vaciló.
—Surgió un problema, George. Ella, me figuro que descubrió todo. Pensé que sería lo mejor, para nosotros, para la fábrica, que la ayudemos a aclarar un poco sus ideas, ¿No te parece?
—Sí, por supuesto. ¿Pero por qué maniatada? ¿No se merece ni un poco de tu confianza?
—Pensé que...
—No puedo trabajar así. Nunca me encomendaste obrar sobre un paciente tan reacio. Necesito un mínimo de cooperación. A tus empleados les decías que era un chequeo médico, pero esto es demasiado... Su sistema límbico está excitado en extremo. Demasiada adrenalina, esta mujer está, orgánicamente, a la defensiva. Su cuerpo se prepara para luchar, para correr o para esconderse. No puedo sugestionar, bajo ningún punto de vista, a tu esposa en estas condiciones.
—Todavía no es mi esposa.
—Yo te sugiero, Guilliam, que la desates y le quites ese pañuelo ridículo. La única forma de proceder es convencerla por las buenas de que su olvido es lo mejor para todos.
El burgués finalmente desistió. Esperaba que su esposa comenzara a insultarlo a los gritos, tal vez que llorara desconsolada, o que simplemente se quedara callada. Para nada hubiera previsto que, con la libertad renovada de su boca, entablara una conversación de lo más natural con George.
—Qué ocurrente, Sykes.
—Puedo improvisar bastante bien cuando me esmero, ¿vio?
—De hecho, usted debería haber sido actor.
—Quizá en alguna vida paralela lo haya sido.
Guilliam intentaba seguir el hilo de aquella conversación delirante.
—Pero no hice sacarle el pañuelo de la boca para hablar sobre mis dotes actorales ¿Sabe?
—Sí, me imaginé. La necesitamos para solucionar este asuntito
—¿De qué demonios están hablando? —Estalló Guilliam, en la cornisa de la cordura, intentando no caer.
—De usted —explicó con naturalidad Sykes—. Desde luego, no rememora la entrevista en la que acordamos mi contrato ¿O sí?
—Lo recuerdo perfectamente.
—Hablo de la verdadera entrevista. No la implantada en su mente, producto de la sugestión. De hecho, su mujer estaba presente.
—¿Agnes? ¡Ella se quedó en casa, nunca le dije nada! Ella se hubiera negado, de todos modos. Nunca creyó en el hipnotismo. ¿Qué falacias dice?
Agnes, aburrida, miraba a George.
—¿En serio tenemos que explicarle todo ahora? ¿Para qué?
—Me gusta verlo cada vez que comprende, amor. Las muecas que ha llegado a poner este señor son imperdibles.
¿George diciéndole amor a Agnes? ¿George faltándole el respeto con total impunidad al propio Guilliam? Esto estaba saliéndose de control.
—Exijo una explicación. Si usted resulta ser en efecto un amante de mi mujer, los dos están arruinados.
Agnes rechinaba sus dientes de pura rabia.
—¿No te das cuenta —dijo ella—, gran soberbio, que no tenés ningún tipo de autoridad? En efecto, no le creía, y temía que nos mandaras a la quiebra dándole el poco capital que nos quedara a un canalla. Por eso me contacté con él antes de que pudieras hacerlo.
Sykes caminó a su lado y puso una mano en su hombro.
—Esa noche me convenció de mi error —siguió diciendo—. Tenías razón, Guilliam, después de todo, como bien dijiste. Este hombre tiene un don. Desde entonces le creo.
—Y desde entonces me ama —dijo George, disfrutando al pronunciar cada palabra de la oración—. Me describió al animal de su marido y quise ayudarla. Cuando viniste días después, ella estaba presente. Había conseguido que le contaras tus intenciones y pidió acompañarte.
«Pero cuando te esbocé los números, confieso que un poco inflados, te mostraste receloso, Guilliam. Así que te exhorté a que entraras en trance para que verificaras por tu cuenta mi capacidad. Cuando quedaste dormido, sin embargo, le propuse a Agnes la solución perfecta a sus dilemas. ¡Ella podría dejar de ser víctima de tus negligencias, para hacerse responsable de todo! Te sugestioné para que le obedecieras, y programamos tu mente con su propio refuerzo para que contrarrestara el desgaste habitual de la hipnosis. Ella se fue, y, al despertar, acordamos nuestro propio trato.
«Desde entonces ella acude regularmente a la fábrica para controlar como van las cosas por acá, Guilliam. Más de una vez te diste cuenta, o intentaste desobedecerle de alguna forma. Más de una vez tuvo que reforzar la sugestión con su señal.
—Hoy mismo, de hecho, lo tuve que hacer —dijo ella, ante la mirada trastornada del burgués, a quién la situación ya le había sobrepasado—. Pensé que no me habías tomado en serio cuando te dije que nunca había visto el abedul del frente. Con un ligero sonido, te obligué a que me creyeras.
—¿Qué sonido? —Preguntó Guilliam, sólo por decir algo. Había perdido toda noción de realidad, le costaba pensar.
—Un sonido que hubiera hecho hábito, exactamente como tu chasquido. Quiero que olvides, Guilliam, que te convenzas de que pudiste someterme hoy, que no dudes de tu completa supremacía, de la misma forma que lo has hecho siempre, quiero que salgas de esta habitación y vuelvas a entrar en pocos segundos. Quiero que me obedezcas, Guilliam —dijo Agnes, y carraspeó. La escena se disolvió en un mar de negrura.
Guilliam le daba las instrucciones al cochero mientras sostenía la cabeza de Agnes, que se sacudía por los bruscos saltos del chasis al andar. Pobre mujer, anestesiada y amnésica. Era una lástima que el día se hubiera consumido con tal desenlace, la visita había salido perfecta hasta ese traspié con las mujeres de los telares. Pero gracias a dios, George era un maestro, se había hecho cargo de Agnes con un profesionalismo impoluto. Se la había devuelto dormida, sólo tendría que llevarla hasta su casa y creería que se había despertado de una pequeña siesta vespertina. Ya tendría otras oportunidades para ostentar su bravura ante ella, para demostrar quién estaba al mando. Inspiró y exhaló ahondado, mientras veía pasar los campos por la ventanilla. Pese a todo, se sentía excelente, embriagado por el poder que cada día se extendía, con la cabeza de su mujer en su regazo. La sensación de regocijo lo invitó a reflexionar sobre los cauces que podía tomar la realidad, agradecido de que el buen George Sykes se hubiera cruzado con él entre los errantes senderos de la vida, y deseó que aquél momento de gozo se repitiera, si es que la historia universal podía discurrir de muchas formas posibles, en varias de aquellas infinitas posibilidades.

Joaquín Rodriguez.

Literatura e hipnosis: E. A. Poe "El extraño caso del Sr. Valdemar"



El relato de terror: E. A. Poe y La verdad sobre el caso del Señor Valdemar.
Algunas de las características de los cuentos de terror son la intensidad, el clima que genera cierta inquietud en el lector, cierto temor, personajes que le hacen sentir miedo o lo asustan por alguna razón, misterio, etc. Para provocar miedo, el autor debe crear un ambiente muy determinado. El ambiente juega en todo cuento de miedo un papel esencial. Del clima, la atmósfera, el espacio, va a depender que el escritor cumpla o no su objetivo.
De tanto como se han usado, no hay que emplear obligatoriamente esos espacios arquetípicos: castillo, sótano, casas viejas... se puede crear un clima de terror en una casa actual. También es necesario que el autor sepa ir aumentando la tensión y el misterio, para lo que es fundamental hallar el punto justo en que se da la suficiente información o las suficientes pistas para que el lector siga leyendo, pero al mismo tiempo se omite una parte significativa para no desvelar el misterio que es en realidad el motor del lector. Si al lector se le cuenta todo, ¿para qué seguir leyendo? Es preferible hacer uso de la sugerencia, no expresarlo todo de una vez.

¿Qué es la hipnosis?
La hipnosis es un estado mental o de un grupo de actitudes generadas a través de una disciplina llamada hipnotismo. Usualmente se compone de una serie de instrucciones y sugerencias preliminares. Dichas sugestiones pueden ser generadas por un hipnotizador o pueden ser auto-administradas (autosugestión o sugestión auto-hipnótica). El uso de la hipnosis con fines terapéuticos se conoce como hipnoterapia.
El comienzo de la hipnosis
Aunque ya existen precedentes históricos del uso de técnicas similares a la hipnosis empleada por los egipcios en los llamados Templos del Sueño, no sería hasta mediados del siglo XVIII cuando se inicia el primer estudio sistemático de lo que suponía un estado psico-fisiológico especial que más tarde se conocería con el término de hipnosis. Franz Anton Mesmer, (1734-1815) doctorado en Medicina y Filosofía a sus 35 años en Viena, escribió su tesis doctoral titulada "De planetarium Influxu", influenciada por las teorías de Paracelso sobre la interrelación entre los cuerpos celestes y el ser humano. Mesmer formuló la famosa Teoría del Magnetismo Animal que nos venía a decir que todo ser vivo irradia un tipo de energía similar o parecido al magnetismo físico de otros cuerpos y que puede transmitirse de unos seres a otros, llegando a tener una aplicación terapéutica. El médico austriaco se instaló en París y con el paso del tiempo, fue tan grande su influencia y tan extendida su fama, que se convirtió en el médico tanto de los pobres y desheredados como de los ricos y poderosos, incluso del mismísimo rey de Francia. El asunto llegaría hasta la Academia de Medicina de Francia, que determinó que no existía ningún tipo de influencia o energía magnética en las curaciones mesméricas. ¿Qué era lo que realmente producía la curación?
Serían los discípulos de Mesmer y posteriores investigadores quienes determinarían que las "milagrosas" curaciones en los trances hipnóticos, llamados sueños magnéticos o mesmerismo hasta aquel entonces, se producían por una condición llamada sugestión. Un cirujano escocés llamado James Braid, (1795-1860) fue el primero en acuñar el término «hipnosis», enunciando una de las formas que lo explicaban: "la fijación sostenida de la mirada, paraliza los centros nerviosos de los ojos y sus dependencias que alterando el equilibrio del sistema nervioso, produce el fenómeno".



Consiga de escritura: Imaginá un relato de terror en el que la práctica de la hipnosis esté involucrada. Podés ser vos quien esté bajo su efecto u otro. ¿Cómo se percibirá el mundo en ese estado?

La ciudad y sus personajes cotidianos.

Como decía V. Huidobro, “En las ciudades hablan, hablan pero nadie dice nada”. Digámoslo nosotros: en tu regreso a casa prestá atención a lxs que te rodean, la gente, las situaciones, el paisaje.
Seleccioná cuidadosamente a alguien e imaginá como sería su vida, a qué se dedica, cómo es su familia, a dónde va y de dónde viene, ¿tendrá alguna tristeza?, ¿Algún secreto?, ¿Cuál será su mayor miedo?
Escribí un relato en el que lo expliques y desarrolles. Dejá volar tu imaginación: el género y largo son ¡libres!


Inspiración literararia: "ÓMNIBUS" de Julio Cortázar. 
Acá unlink para leerlo:  http://www.literaberinto.com/cortazar/omnibus.htm

Los libros nos inspiran

 A partir de frases encontradas en diferentes páginas y líneas del libro que más nos "llamó" desde la biblioteca, creamos nuevas historias.

Última pincelada

Cerró las cortinas y trabó las puertas, ya nadie podría molestarlo. Enjuagó los pinceles con agua y jabón y los puso a secar en el marco de la ventana, aún quedaban restos de su pintura anterior. Tacho de la lista el nombre de su último nieto y lo trasladó a la hoja de papel que yacía a su lado.
Agarró el portarretratos que se encontraba encima de la cómoda y admiró la hermosa imágen de María. Su blondo pelo corto, con algunos mechones canosos que jugaban y se mezclaban en aquella cabellera clara que caía delante de sus hombros. Aquél vestido floreado, su favorito, le llenó la mente de hermosos recuerdos, mientras veía el rostro de la mujer que más amó en la vida. Ese rostro lleno de vida que reflejaba la polaroid vieja ya no era lo último que observaba cada noche antes de caer vencido ante el sueño.
Agarrando su cintura y moviéndose con dificultad, se dirigió a la enorme sala de techos altos, ubicándose serenamente en un gran sillón color café que se encontraba en frente a la enorme bowindow. La fachada de la casa no daba a una calle muy transitada, por lo que le divertía observar simplemente la calle, vacía y tranquila, dejando a su mente ahogarse en divagaciones y recuerdos, mientras sus ojos recorrían, acostumbrados, de un lado a otro el silencioso asfalto.
Lo único que se escuchaba era el sistemático y relajante tic tac del reloj.
<<Aún es temprano>> Se dijo a sí mismo mientras a duras penas se levantaba del sillón, media hora más tarde. <<Pero debería empezar lo antes posible>> De ese modo, alentándose a continuar, avanzó por el solitario pasillo, de regreso a su estudio. Halló los pinceles ya secos y limpios, volviendo a colocarlos en su pequeña bandeja.
Se movía con sosiego, tenía todo el tiempo del mundo. Apartó un viejo lienzo, lanzándolo hacia atrás con cariño, descubriendo el papel blanco y grande, vacío. La paz y tranquilidad con la que lentamente se desplazaba en busca de sus acrílicos llenaban el ambiente de una calma extremadamente palpable, que solo era interrumpida por el piar de gorriones lejanos.
Ni siquiera era mediodía cuando el longevo pintor se sentó en su silla, delante del blanco lienzo.
Sabía que hoy sería el día, lo supo desde que se despertó esa mañana. Simplemente lo supo y ni él mismo se cuestionaba el porqué.
Tomó en sus trémulos dedos el pincel y lo hundió en la pintura roja. La imagen de lo que estaba por hacer apareció en su cabeza, y con sólo eso en mente comenzó a dar los primeros trazos. Mientras el pincel se deslizó con sosiego por el espacio anteriormente en blanco, las agujas del reloj también lo hicieron a través de los diferentes números negros y rayas alineadas.
Las pastillas descansaron en una pequeña caja en la sala, mientras el pintor trabajó con parsimonia sin acordarse de ellas. Estaba tan metido dentro de su arte, acompañando con pensamientos el suave trazo de su mano que viajaba por el aire, jugando sobre la superficie blancuzca, delineando contornos y creando texturas… que no notó los dolores que comenzaron a acompañarlo en su solitaria velada.
Sonaron cinco fuertes campanadas de una iglesia cercana, dando por comenzada la misa nocturna de las ocho en punto y el canoso pintor de mirada cansada sacudió su cabeza y apoyó el pincel que sostenía entre sus dedos con delicadeza sobre la paleta de caoba. Caminó unos pasos hacia atrás y se recostó en un pequeño sillón, que algún día fue de color azul marino brillante; destacaban en él pequeñas heridas que el tiempo le había dejado, impregnadas en su cuero color celeste apagado. El pintor de manos tristes recostó su cabeza contra el suave respaldo, apoyando sus brazos adoloridos en los costados, la estructura del mueble crujió un poco, pero luego cedió ante la invasión. Músculos tirantes y cansados, ojeras surcando sus ojos, piel pálida y arrugada, ojos cerrados mientras su mente divagaba. De lejos creías ver a una persona muerta, pero solo era un hombre esperando la muerte. Luego de una última y breve siesta el pincel de punta manchada se encontraba nuevamente entre sus callosas y sabias manos, que con la habilidad de una araña, fueron tejiendo hilo a hilo su obra. Sin perder ni un instante, el pintor trabajó toda la noche, manos fugaces como gacelas y a veces suaves y delicadas como las alas de una abeja. Su iris reflejó la figura que poco a poco fue tomando forma, pero sus piernas un poco entumecidas y algunos de sus órganos pidiendo a gritos un poco de ayuda demostraban el sufrimiento que estaba pasando.
Pero al pintor no le importó, él sólo siguió pintando.
Las punzadas de dolor fueron cada vez más agudas y notorias a medida que el tiempo pasó. Cuando la luna alcanzó su punto más alto en el estrellado cielo oscuro, simplemente siguió moviendo circularmente su muñeca, agregando detalles a su ya casi terminada pintura. Enjuago una vez más su pincel, y con un pequeño trapo lo seco. Tomó uno de punta más fina y se alejó un par de pasos.
Cuando llegó la nueva punzada de dolor, el pintor apenas se dio cuenta; solo volteo un poco, sin mirar la obra en su totalidad y tomó un pequeño alhajero de plata debajo del escritorio. De él sacó una pequeña cadenita, con un dije brillante. Se dió vuelta y cerrando un ojo lo colocó entre su cuerpo y la pintura, soltando un gran suspiro de satisfacción. Todo había resultado perfecto.
Pero faltaba lo más importante, y el pintor de apariencia apacible y aire de fatigado aventurero lo notó enseguida.
Tomó el dije con una mano y el pincel con la otra, sujetando fuertemente ambos y volvió a acercarse a la pintura. Estiró el brazo con el que sujetaba el pincel, con la cara interna hacia arriba y asió firmemente el dije plateado con la otra, guiándolo a su destino sin perder ni ápice de calma, sin ninguna prisa. Lo hundió suavemente en su muñeca, con el filoso borde traspasando la carne sin muchas dificultades. Hizo un corte limpio y mortal, el dolor lo azotó de repente, pero no podía perder tiempo lamentándose. Cambió de mano el dije y el pincel. mojando la punta en la sangre que brotaba de su brazo y la acercó a un espacio aún en blanco que quedaba en el borde inferior de su obra. Firmó y con sus últimas fuerzas logró escribir, a duras penas, lo que deseaba. Cada vez más débil pero sin notarlo, pues su mente estaba nublada de miles de cosas, creando una niebla densa que oscurecía todo sus pensamientos, logró colgar con su brazo sano el collar de una de las esquinas del lienzo.
Cerró los ojos, sintiendo como su ser se consumía lentamente y la alfombra debajo suyo se manchaba, sin embargo, la mueca de serenidad continuó abarcando su cara.
Se desplomó, luego de eternos segundos manteniéndose de pie y desde el piso abrió los ojos, mirando hacia arriba. Observó la pintura, su pintura, y el fantasma de una sonrisa se instaló brevemente en su rostro.

Melu Suffiotti.